Milei

¿Y si lo que votaron quienes votaron a Milei fue un ruido atractivo, un gesto magnético, un sonido diferente al tono uniforme que nos envuelve, y no tanto el contenido de sus propuestas?

Quizás no se trata del contenido de las propuestas, sino de la forma. Quizás trasladar los análisis del qué al cómo, del fondo a la forma, nos permita acceder al fenómeno desde otro lugar. He escuchado a algunos votantes de Milei admitir o que no conocían sus propuestas, o que no estaban de acuerdo con ninguna de ellas. Nos escandaliza porque lo intentamos comprender desde lo racional, desde la lógica. Desde la lógica, pensar que el 30% de la población es fascista no nos está ayudando a entender lo que está pasando. ¿O todo el resto de los votos son a las propuestas? ¿Por qué, entonces, pedirles eso a los votantes de Milei?

La metáfora del sonido nos puede ensayar una nueva perspectiva. ¿Y si lo que votaron fue el grito, lo performático sin más? Pido disculpas de antemano, porque yo también estoy cansado de los análisis de todo esto y de todas las verdades definitivas y eruditas, pero enojarnos con los votantes, culparlos de nuestro futuro oscuro sigue siendo producto de un análisis lógico, que se basa en los contenidos de la propuesta de Milei, y quizás no se trate de eso. Pensarlo desde la perspectiva sonora quizás nos brinde alguna pista diferente. Quizás lo que se votó fue un estruendo, un sonido atractivo, pregnante, que llama la atención, que remueve emociones instintivas, salvajes y animales en el mejor sentido de la expresión; un sonido tribal de venganza, de destrucción, con el que agredir a quien nos viene agrediendo.

El voto a Milei puede ser un voto desde las vísceras, una voz de rabia y estamos queriendo analizarlo por los contenidos de las apariciones mediáticas de Milei, por los textos de sus ideas. Claro, cuando pasa eso, resulta evidentemente disonante que un estudiante vote a quien plantea privatizar la universidad, que un docente vote a quien plantea privatizar la educación, que un trabajador de una base en la Antártida vote a quien niega el cambio climático y quiere reducir el Estado, que un científico vote a quien plantea cerrar el CONICET, que una mujer vote a quien quiere cerrar el Ministerio de la Mujer; que un pobre vote a quien plantea una sociedad de libre mercado que excluye al que menos tiene y que lo reprime si protesta. Pensarlo desde allí nos indigna. Tratar de analizarlo en esos términos, enferma. Y lo primero que nos sale es enojarnos: “Cómo puede ser que no lo vean”. Lo siguiente, porque nosotros no lo entendemos, es tratarlos de tontos y culparlos de los males que se avecinan. Eso no hace más que cerrar filas en esa decisión. Porque lo que se votó, quizás, fue un ruido fascinante de rebeldía, más allá del contenido. Y si aquellos contra quienes quiero rebelarme me dicen que lo que hago está mal (y encima dándome lecciones de moral y de erudición), más aún me confirmaré en esa rebeldía y seguiré eligiendo ese grito, incluso cuando entienda o admita que me perjudica. Una rebeldía autodestructiva, pero en última instancia, al final del camino, y falta mucho tiempo para eso: el gesto quiere ser expresado ahora. La reacción al ruido es instantánea; no proyecta ni planifica.

Lo que se escucha, además, es que se lo vota a pesar de lo que propone porque en realidad no va a hacer nada de todo eso que dice. Se vota a alguien sabiendo (o con la esperanza de) que nos está mintiendo, y sabiendo a su vez, que si no nos está mintiendo, nos va a perjudicar. Ese voto no puede comprenderse entonces por el texto de las propuestas, sino a pesar de ese texto, lo cual nos resulta huidizo e inabarcable. Y quizás a eso le tememos tanto. Pero si lo pensamos como una reacción a un sonido nuevo, esa forma nueva de abordarlo nos permita expulsar algunos fantasmas. Y sobre todo cómo hacerle frente.

De nuevo: ¿y si lo que votaron fue un estruendo? Un gesto desbocado, una provocación, el grito que desearían propagar pero que nadie les escucha. Cuando oímos una explosión giramos instintivamente la cabeza en busca de la fuente de ese sonido, que atrae, que impregna. Eso no quiere decir que estemos enamorados del contenido de ese ruido, que queramos que explote una bomba. Estamos culpando a los marineros que sabiendo que no debían seguir el sonido de las sirenas, no pudieron evitar el atractivo que operaba sobre ellos. La cosa es qué sonido estamos ofreciendo del otro lado para lograr esa atracción.

En el contexto de una PASO, por otro lado, esa expresión primal de seguir al estruendo es más posible, genuina y legítima, quizás, que en una elección donde esa decisión tiene un impacto directo sobre la asunción de un nuevo jefe de Estado. Hay que esperar. Quizás ese voto es una primera expresión de mirar hacia el ruido atractivo, que interpela, que magnetiza, y que hiere a quien nos ha herido, que ofende, que remece, que llama la atención. Que nos saca abruptamente de la gelatinosa monotonía, de lo blando, del hastío de la voz civilizada y monocorde que no nos ha dado respuestas. Y bueno, a ver qué pasa si elijo el estruendo. A ver si con eso alguien me oye. A ver si con eso alguien se enoja.

Milei hace ruido porque grita, porque canta con voz rasposa, porque todos sus militantes debaten elevando la voz sobre sus adversarios sin dejar resquicio para la respuesta, sin dar lugar al silencio que permita reflexionar, porque insulta, porque propone sonidos que se ponen de relieve, que sacuden la normalidad agotadora. Propone una estética de la aberración que parece nueva, diferente, y nos atrae a todos. De otro modo no estaríamos constantemente respondiéndole. Nadie habla de otro candidato que no sea de él, corremos detrás de su agenda; también somos marineros que no pueden evitar mirar hacia el lugar de donde emergen esos cantos de sirena. Por qué culparíamos al que haciendo eso, le ofrece su voto.

Analizar esta reacción desde los textos, desde el contenido, no sirve para entenderlo; enojarse y acusar de fascistas y de ignorantes a todos sus votantes, solo consolida su posición, que acaso podría cambiar cuando pase la necesidad del sacudón, del remezón; o acaso se mantenga en esa posición por nuestra insistencia de culparlos sin preguntarles. Acaso debamos entenderlo como una necesidad expresiva, impulsiva, corporal, y pensar en sonidos nuevos para reconstruir el pacto.